Generation M (The Toucan Trilogy, Book 3)

The explosive conclusion to the Toucan Trilogy.

Coldly implementing their vision of the future, CDC scientists allow a lethal infection to become an epidemic outside the colonies.

Abby, her body wracked by the infection, begins a desperate journey to find her brother Jordan and her little sister Toucan, and save the lives of millions.

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Generation M

The explosive conclusion to the Toucan Trilogy.

Coldly implementing their vision of the future, CDC scientists allow a lethal infection to become an epidemic outside the colonies.

Abby, whose body is wracked by the developing infection, begins a desperate journey to find her brother Jordan, her little sister Toucan, and save the lives of millions.

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LA NOCHE DE LA LUNA PÚRPURA

DÍA 1 – EL COMETA

Una densa niebla descendió y tragó entera a Abby. Incapaz de ver su propia mano, contrajo la mandíbula para que sus dientes dejaran de castañetear. Nebulafobia – miedo a la niebla. Millones de personas padecían esta fobia, pero ¿cuántos vivían en la capital universal de la niebla?

Abby.

La voz de su padre le venía desde muy lejos. Hace un momento estaba junto a ella. Intentó alcanzarle y solo logró atrapar aire húmedo. Sintió un escalofrío y comenzó a agitar los brazos.

Una mano le apretó el hombro. “Eh, dormilona.”

Abby abrió los ojos y parpadeó para ver a la silueta, alta y delgada, con una maraña de pelo castaño rizado. “¡Papá!”

“¿Nadando por algún sitio?”

“Sí, por Cambridge.” Abby siempre encontraba una forma de decirle a su padre cómo se sentía acerca de mudarse de la ciudad de Massachusetts en la que había crecido, y donde sus amigos todavía vivían, a una pequeña isla a veinte millas de la costa de Maine. Su madre también compartía parte de la culpa por apoyar la locura de mudarse aquí.

“¡Esta noche es la noche!” dijo con un brillo en los ojos, y se marchí para despertar a su hermano Jordan, de doce años.

“¿Una luna púrpura?” gritó ella. “Me lo creeré cuando lo vea.”

Abby se sentó en la cama, todavía alterada por su sueño. En ese momento, el sonido atronador de un altavoz anunció la llegada del ferry de las 7 de la mañana, que venía del continente. Tendría que darse prisa para ser la primera en ducharse.

Llegó al pasillo al mismo tiempo que Jordan, y ambos echaron a correr en dirección al cuarto de baño. Ella logró entrar primero, pero él se interpuso para impedirle cerrar la puerta. Los dos empujaron todo lo que pudieron. Abby, un año mayor y más fuerte que su hermano, logró cerrar de un portazo y puso el pestillo.

“Vamos”, dijo él, golpeando la puerta. “Tengo que ducharme.”

“¡Yo también!”

“No gastes toda el agua caliente!”

“¿Puedes pedirlo por favor?”

Volvió a golpear la puerta.

Abby apartó de una patada los calcetines y ropa interior sucios de Jordan que él había dejado en el suelo y encendió la ducha. Se puso bajo el agua caliente y suspiró. No podía esperar más a que llegara el domingo, y todavía faltaban dos días. Abby pasaría las vacaciones de primavera en Cambridge, con su madre. Por primera vez desde que se movió a Castine Island, hacía tres meses, podría salir con su mejor amiga, Mel.

Cuando Abby salió del cuarto de baño, se encontró a Jordan sentado en el pasillo. Él la empujó al pasar. “Idiota”, dijo él. “Será mejor que quede agua caliente.”

“¡A ver si creces de una vez!” contraatacó ella. “¡Y recoge tu ropa sucia del suelo!”

Más tarde, Abby puso su mochila en el suelo de la cocina, lista para desayunar. Si hermana de dos años, Toucan, estaba sentada en su sillita comiendo Cheerios, sonriendo y balbuceando. “Abby, cometa, alegre.”

Abby le plantó un beso en la cara. “Buenos días, Touk.”

Papá estaba lavando los platos apilados en la el fregadero— limpieza profunda, como él lo llamaba. Preparándose para la llegada de mamá el sábado, siempre empezaba a recoger la casa el día anterior.

Abby se sirvió un bol de cereales y estudió el periódico. La primera página tenía una gran foto del cometa Rudenko-Kasparov, nombrado en honor de los dos cazacometas amateurs que fueron los primeros en ver una mancha borrosa en la constelación de Andrómeda. El titular declaraba: PREPAREN LAS ESCOBAS. Era una broma, claro – nadie se iba a poner a barrer polvo espacial, pero cuando la Tierra entrara en contacto con la cola del cometa esta noche por primera vez, los astrónomos habían predicho varias semanas de amaneceres y puestas de sol repletas de colores y, lo mejor de todo, una luna púrpura.

No todo el mundo estaba entusiasmado por la llegada del cometa. Había una secta que creía que significaba el fin del mundo y se escondían en una cueva, como si un agujero en el suelo pudiese ofrecer algún tipo de protección.

A Abby no le preocupaba que se acabara el mundo, pero tenía curiosidad por saber a qué olía el polvo espacial.

* * *

En el colegio, el profesor de séptimo curso de Abby, el señor Emerson, dijo a la clase que tenía una historia sobre los hipopótamos africanos. “¡Está relacionada con el cometa!”dijo, con cara de satisfacción. Había estado hablando de forma entusiasta del cometa durante meses.

Varios de sus compañeros de clase pusieron los ojos en blanco. Toby Jones sopló entre sus manos e hizo un ruido fuerte. “El hipopótamo se tiró un pedo,” lloró.

Toby, el payaso de la clase, tenía hoy de nuevo el ojo morado. Desde enero, había aparecido por clase otras dos veces como si alguien le hubiese pegado un puñetazo. Sus amigos, Chad y Glen, se rieron de su estúpida broma.

Abby y el resto de la clase -los otros cuatro- se sentaron en un silencio absoluto.

El señor Emerson fulminó a Toby con la mirada. No podía mandarle al director, puesto que el señor Emerson era el propio director de la pequeña escuela Parker, que abarcaba desde primero hasta octavo curso. Los estudiantes de bachillerato tomaban el ferry hacia Portland. Hizo lo que hacía tan a menudo, ignorar la pulla de Toby.

“Todos los días, los hipopótamos salían de la selva para beber de un estanque situado junto a una aldea,” comenzó el señor Emerson. “La aldea había estado ahí durante cientos de años. Un día, un equipo de médicos llegó para abrir una clínica. Uno de los médicos les dijo a los aldeanos que tendrían que matar a todos los hipopótamos porque podrían introducir gérmenes en el estanque. Los aldeanos hicieron lo que les pidió el doctor.  En la siguiente temporada de lluvias, el estanque se desbordó y se llevó por delante todas sus casas.”

El señor Emerson utilizó la pizarra para dibujar pisadas de hipopótamo que llevaban de la selva al estanque. “Los hipopótamos dejaban pisadas profundas. Cuando llovía, el agua seguía el camino que dejaban de camino a la selva. Cuando ya no había pisadas, mirad lo que sucedió.”

“¿Qué tiene esto que ver con el cometa?” preguntó Derek Ladd. El padre de Derek era el jefe de policía.

“Cuando interfieres con el orden natural de las cosas,” contestó el señor Emerson, “nunca sabes lo que puede ocurrir. Esta noche la cola del cometa nos alcanzará. La contaminación ha dañado la atmósfera. Como resultado de esto, todos estaremos respirando polvo espacial mañana. ¿Cómo nos afectará esto a nosotros?” Se encogió de hombros. “Nadie lo sabe.”

Kevin Patel alzó la mano. Era el vecino de Abby y tendía a levantar la mano a menudo. “He oído que los astronautas de la Estación Espacial Internacional van a analizar el polvo para buscar signos de vida.”

“Correcto, Kevin,” dijo el señor Emerson. “Algunos científicos creen que las bases desde las que surgió la vida llegaron del espacio hace millones de años.”

Zoe Mullen inhaló profundamente. “¿Es seguro respirar polvo espacial? Quiero decir, ¿y si hay algo vivo dentro?”

Abby se esforzó por no mirar a los brazos y piernas de Zoe. Le recordaban a los mondadientes.

“Estoy seguro de que estaremos bien,” dijo el señor Emerson.

“Ocultémonos en una cueva,” bromeó Ryan Foster. Ryan, el único otro pelirrojo de la escuela Parker además de Abby, se sentaba delante de ella.

Toby hizo otro sonoro ruido de pedo. “El hipopótamo está apestando la cueva!” espetó.

La cara del señor Emerson se volvió roja. “Toby, ven a verme después de las clases.”

Toby sonrió furtivamente. Sabía que el señor Emerson, que vivía en el continente, debía coger el ferry de las 3 de la tarde.

El señor Emerson subió a la pizarra. “Gracias al señor Toby Jones, todos vais a tener deberes en vuestras vacaciones de primavera.” Todos se quejaron y le dirigieron miradas de odio a Toby. “Vuestros deberes son…” el señor Emerson sonrió y escribió: ¡OBSERVAR EL COMETA!

* * *

El padre de Abby pidió pizza púrpura para cenar. Parecía que todos los comercios estaban haciendo caja con el cometa. Podías comprar refrescos púrpura, leche púrpura, cerveza púrpura. Imaginaba que la salsa de tomate de la pizza tendría colorantes, pero no tenía ni idea de cómo habían logrado hacer que el queso fuera de color púrpura brillante. Aunque su aspecto era realmente repugnante, sabía como una pizza normal.

Su padre puso tres sillas de jardín en el patio trasero, tras acostar a Toucan. Jordan echó un vistazo a todo el tinglado y declaró, “Yo voy a verlo desde el tejado.” La mayoría de casas del barrio tenían un mirador.

Abby de repente empezó a tener un mal presentimiento sobre el cometa. No quería que su hermano estuviera solo. “Jordan, quédate con nosotros,” dijo en un tono amistoso.

Él entrecerró los ojos. “¿Por qué?”

Se reiría si ella admitía si preocupación. “Podemos compartir los prismáticos.”

“¿Quién necesita prismáticos?” se mofó y se dirigió al tejado.

Abby se sentó en la silla y se subió la manta hasta la barbilla para mantenerse caliente. Miró hacia arriba. Las estrellas brillaban con furia en el negro cielo. El contorno de los cráteres de la luna se veían con nitidez. Un punto luminoso se movió lentamente por el cielo. Era la Estación Espacial Internacional; los astronautas de a bordo, según el empollón de su vecino, iban a analizar el polvo espacial en busca de signos de vida.

“Me encantaría que mamá estuviera aquí,” dijo ella.

Su padre, que se encontraba junto a ella, soltó una risita. “Yo me alegro de tener otras cuatro horas para seguir con la limpieza profunda,” Y entonces asintió tristemente. “A mí también me gustaría que estuviera aquí, Abby. Pero el cometa seguirá aquí mañana por la noche.”

“Papá, ¿de verdad va a buscar trabajo en Portland?”

Él apuntó los prismáticos hacia la luna. “Volveríamos a ser una familia.”

“¿Vais a vender la casa de Cambridge?”

“Sí, en cuanto encuentre otro trabajo.”

“Sabes, hay otras formas de que podamos volver a ser una familia. Podrías volver a trabajar en la biblioteca pública de Cambridge. Podríamos mudarnos de vuelta a casa.”

Su padre no dijo nada, y Abby se sintió como si fuese a quedarse a vivir allí durante el resto de su vida.

El cometa apareció por el este a aproximadamente las 11 de la noche. La cabeza era un orbe oscuro con un halo de color blanco hueso. Abby oyó las voces de Kevin, su hermana Emily y el señor y la señora Patel que estaban en el patio de al lado. Los padres trabajaban en el laboratorio de biología marina en la costa norte de la isla. Los Patels se habían mudado a Castine Island en diciembre, un mes antes de su propia y desafortunada llegada.

A las 11:30, la borrosa y blanca cola se extendía por la mitad del firmamento. La energía restallaba en el aire, como sucede antes de una tormenta. El primer color apareció a medianoche. Abby y los otros hicieron “oooh” y “aaah” mientras una fina palícula violeta cubría la luna y las estrellas titilaban con un color púrpura. Parecía increíble que el polvo espacial pudiera viajar cien millones de millas.

El color aumentó de intensidad. El halo del cometa tenía un color púrpura brillante, y espirales de lavanda se deslizaban por la luna. Pinceladas de color púrpura pintaban el cielo de la noche. Abby pensó que sus preocupaciones anteriores acerca del cometa parecían ridículas ahora.

Cuando escuchó que Jordan entraba en la casa, ella echó una mirada a su teléfono. ¡La 1:30! Había perdido la noción del tiempo.

“Es hora de que te acuestes,” dijo papá.

“¡Ni hablar!” protestó ella. “¡Soy casi una adulta!”

“Tú ganas,” dijo él con una sonrisa.

Poco después de aquello, incapaz de dejar de bostezar, Abby echó una última mirada al cometa. Esos chalados que se escondían en una cueva no sabían lo que se estaban perdiendo. Respiró profundamente. Tenía gracia, el polvo espacial no olía a nada.

Abby le dio a su padre un beso de buenas noches y se fue a la cama.

 

 

DÍA 2 – LLAMA A EMERGENCIAS

¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum!

Despertada a causa de los fuertes golpes, Abby se levantó como un resorte en su cama y miró el reloj. Eran las 7:20… ¡llegaba tarde a la escuela! No, era sábado, recordó, el primer día de las vacaciones de primavera.

La ferocidad de los golpes la asustó – alguien estaba cargando contra la puerta delantera con los puños con todas sus fuerzas. Levantó la persiana de su dormitorio y echó un vistazo afuera – ella pensó que estaba en otro planeta. El sol emitía una luz púrpura y ondas de polvo espacial relucían en un cielo color lavanda sin nubes.

Pero, ¿qué hacía un camión que portaba langostas en el jardón delantero de los Couture? Ella pensó que debía haber sucedido un accidente. El camión había atravesado la valla de postes blancos y se había desparramado hacia afuera desde el lugar del impacto. Las ruedas habían levantado un buen trozo de césped en el lugar en que se habían detenido. El conductor habría ido primero a buscar ayuda a casa de los Couture, pero el señor y la señora Couture eran muy anciones. Probablemente seguirían durmiendo. Así que el conductor había venido aquí.

Abby fue corriendo al pasillo. “Papá,” gritó. “Papá. Papá.” Los golpes le daban escalofríos.

Pasó de largo la habitación de Toucan. “Alegre, alegre,” llamó su hermana, alzándose en la cuna. Abby sabía que algo no iba bien. Toucan debía haber estado levantada y vestida hacía una hora. Debería haber comido ya. ¿Por qué no le había hecho papá el desayuno?

“Vuelvo enseguida, Touk,” lloró Abby y corrió hacia la habitación de sus padres.

Papá no estaba. La cama estaba hecha. Abby apretó la nariz contra la ventana, pensando que quizás se quedara dormido en el patio trasero anoche. Las sillas del césped estaban vacías. Pero la manta de la silla de papá no estaba. Toucan seguía gritando.

De camino a la habitación de Jordan, Abby levantó a Toucan de su cuna y se la subió a la cadera.

Su hermano se dormía deprisa. “¡Jordan, despierta!” gritó. “¡Despierta!” Cuando no se movió, Abby se abriió paso entre la montaña de ropa sucia del suelo de su cuarto y le dio un fuerte empujón a su hermano.

Él parpadeó, momentáneamente confuso. “¡Largo!” le gritó enfadado.

“¡Jordan, un camión acaba de estrellarse en esta calle!”

Bum. Bum. Bum… Sus ojos se ensancharon. “¿Qué es ese ruído?”

“El conductor está en la puerta. Necesita ayuda.”

Jordan salió de la cama y levantó la persona. “Guau. Púrpura. ¿Dónde está papá?”

Abby tragó saliva. “No lo sé.”

Agarrando todavía a Toucan, se unió a Jordan. Desde este ángulo se veía el lateral del camión de las langostas. MARISCOS MARSH. Ella conocía a Colby Marsh, un corpulento chico de octavo curso. A veces su padre le llevaba a la escuela en el camión.

Bum. Bum. Bum.

“¿Cómo sabes que es el conductor?” Dijo Jordan.

“Lo sé. Vamos.”

Abby sujetó con más fuerza a Toucan mientras bajaban por las escaleras. Bum. Bum. Bum. La puerta vibraba como un tambor. Abby pensó que solo un loco golpearía de esa forma. ¿Y si no era el señor Marsh?

De repente sintió una punzada de miedo. Nadie cerraba las puertas con llave en Castine Island. “La puerta está abierta,” le susurró a Jordan.

“Pon la cadena,” contestó él. “Miraré por la ventana.”

Abby pudo respirar más tranquila cuando puso la cadena de seguridad en su sitio.

“¿Eh?” Exclamó Jordan. “Son solo Kevin y Emily.”

Kevin parecía sorprendido de que alguien hubiera abierto por fin la puerta. Estaba en pijama y tenía las mejillas empapadas. Abby nunca le había visto sin sus gafas. Parecía distinto – menor de trece años. Emily, que llevaba un camisón, estaba detrás de su hermano con una expresión vacía, mesando de forma ausente tu largo pelo castaño. A Abby siempre le había recordado a un cervatillo, tímida y vergonzosa.

La calle estaba vacía y silenciosa… nada del tráfico habitual de los sábados de gente dirigiéndose al puerto. Era como un sueño, uno muy inquietante. Un camión estrellado. El sol y el cielo eran de diferentes tonos púrpura. Rayos de luz lavanda que portaban enormes remolinos de polvo. Ni un solo coche, ni una gaviota volando sobre sus cabezas. Papá misteriosamente desaparecido. Sus vecinos, conmocionados y medio vestidos, que no decían nada.

Abby les miró y ellos le miraron a ella.

Toucan señaló con el ceño fruncido. “Kevy, triste.”

Las palabras rompieron el hechizo.

“Nuestros padres…” Kevin hundió la cabeza en sus manos y sollozó.  Cuando levantó la vista un momento después, Abby nunca había visto una expresión tan triste. “Están muertos,” lloró.

* * *

Abby puso a Toucan en el suelo y llevó a sus vecinos hasta el sofá. No podía pensar, como si su cerebro se hubiese congelado. Pero cerró la puerta y puso la cadena de forma instintiva.

Kevin, cuya mano derecha estaba roja e hinchada, seguía llorando sin parar. Emily permanecía callada y aturdida. Jordan, con Toucan agarrada a su pierna, les miraba con los ojos como platos.

Abby respiró profundamente. Tenía que saber qué les había pasado al señor y la señora Patel. Pero Kevin tenía que calmarse antes de que pudiera preguntarle nada. Y encontrar a papá era todavía más urgente. No era propio de él dejarles sin una razón de peso. A lo mejor había acudido a ayudar en el accidente de al lado, o estuviese ayudando al señor Marsh. A lo mejor estaba… Abby expulsó ese oscuro pensamiento de su mente.

“Llama a emergencias,” le dijo a Jordan. La sangre retumbaba con tanta fuerza en sus orejas que no reconocía su propia voz.

“Ya lo he intentado,” espetó Kevin. “¡La policía no contesta!”

La policía siempre contesta. “Date prisa,” añadió ella.

Jordan subió corriendo las escaleras. Volvió con el teléfono en la oreja. “No contestan.”

“¿Estás seguro de que has marcado el 9-1-1?”

Le mostró el teléfono y ella lo oyó sonar. “Sí, Abby, sé cómo llamar al 9-1-1.”

Tenía que haber alguna explicación. “La policía está viniendo,” dijo ella. “Alguien debe haberles llamado. Jordan, llama a mamá.”

“Y qué va a hacer ella?” preguntó él, sarcástico.

“¡Hazlo!” dijo ella bruscamente.

Él marcó el número. “Las líneas están ocupadas. Es una grabación.”

“Bueno, inténtalo otra vez.”

Él le tiró el teléfono. “Inténtalo tú.”

“Llama a los Couture,” dijo ella.

“¿Crees que sé su número?”

Abby agarró el teléfono y marcó el 4-1-1. La voz robótica daba entrada a sus respuestas. “Couture, Castine Island, Maine.” Pudo llamar, pero el teléfono siguió sonando y sonando sin parar.

Los lloros de Kevin se habían reducido a sollozos y gemidos. Abby, en una voz amable pero firme, preguntó: “¿Qué les ha pasado a vuestros padres?”

Él empezó a llorar de nuevo.

Abby sostuvo la mano frente a la cara de Emily. La niña de doce años parecía estar mirando a través de ella. Abby movió su mano lentamente, pero la mirada de Emily permanecía fija. Estaba en shock y necesitaba un médico. Pero en Castine Island no había médicos. En cuanto papá volviera, pensó, llevaría a Emily y Kevin a la comisaría de policía, o al hospital de Portland.

Cuando Kevin se calmara por fin, volvería a preguntarle qué había sucedido. Las palabras salieron a chorros de su boca. “Me dormí. Íbamos a coger el ferry de las siete. Fui a la habitación de mis padres a despertarles. Seguían en la cama. Toqué la mano de mi madre. Estaba fría.”

“A veces yo me enfrío cuando duermo,” dijo Jordan.

Kevin frunció el ceño. “¿Crees que soy tonto? Les tomé el pulso.” Volvió a echarse a llorar.

Abby se acercó a la ventana. Seguía sin haber tráfico. Ni rastro de una sirena de la policía acercándose. Ni rastro de papá. Tratando de no llorar, se llevó a Jordan aparte. “Voy a salir a buscar a papá. Vigila a Kevin y Emily. Mantén ocupada a Toucan.”

Jordan palideció. Cogió una caja de bloques sin discutir y se sentó en el suelo junto a Toucan.

Abby entró en la cocina, con la esperanza de encontrar una nota que explicara adónde había ido su padre. En la encimera solo había una taza de té frío y un trozo de pizza que había sobrado la noche anterior. A excepción de los sollozos de Kevin, todo estaba inquietantemente silencioso.

Accedió al pasillo que llevaba al porche trasero. El corazón le latía con fuerza y parecía un zumbido constante, y se sentía mareada. Las paredes del pasillo parecían venírsele encima. Pisó una de las botas de goma de Toucan. A través de la contrapuerta no pudo ver nada extraño en el patio trasero, aparte de ese brillo púrpura eléctrico. Se acercó a la puerta. Las tres sillas de jardón estaban en el mismo sitio que la noche anterior. La manta que había usado ella seguía en el respaldo de su silla, pero la silla de papá estaba vacía. Ni manta ni prismáticos.

Habrá oído el accidente, pensó. Medio dormido, habrá acudido al patio delantero. Pero entonces, ¿qué hizo? ¿Adónde fue? ¿Y por qué no les había dicho nada?

Abby descansó la mano en el pomo de la puerta, sorprendida de que estuviera mojado y resbaladizo. Entonces se dio cuenta de que le sudaban las manos.

Le daba miedo respirar el polvo espacial. Le preocupaban incluso las minúsculas partículas que seguramente flotaban en el pasillo y por toda la casa. Abby tomó aire y aguantó la respiración.

Salió afuera.

Su padre estaba a la derecha, tumbado en el suelo. La manta estaba a su espalda, y los prismáticos estaban junto a su cabeza, con la correa todavía en el cuello. Supo inmediatamente que estaba muerto.

Abby vació de aire sus pulmones con un grito gutural.

Cerró la puerta y se desplomó en el suelo del pasillo. Le temblaba todo el cuerpo y se dio cuenta de su respiración, delbum bum de su corazón, de cada vez que tragaba saliva. Se enjugó los ojos y vio líneas de color lavanda en el interior de sus párpados.

La cálida respiración de Toucan le tocó la mejilla. “Abby. Triste.”

Abby notó la pequeña mano de su hermana tocándole la cara y entonces el dedo de Toucan le tocó la nariz.

Abby parpadeó. Jordan sollozaba junto a ella; el color había desaparecido de su cara. Kevin estaba al final del pasillo, balanceándose de lado a lado. Abby abrazó a Toucan y se levantó.

“Papá. Papá,” gritó Toucan, señalándole con entusiasmo.

“Touk.” Abby tragó saliva. “Papá está durmiendo.”

 

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Hunt for Tomorrow – Stop #14

NIGHT OF THE PURPLE MOON
by Scott Cramer

Abby is looking forward to watching the moon turn purple, unaware that deadly bacteria from a passing comet will soon kill off older teens and adults. She must help her brother and baby sister survive in this new world, but all the while she has a ticking time bomb inside of her–adolescence.

SPEC_FICTION_PROMO_COVERQUESTION: Where do the deadly bacteria come from?

BONUS: Share any facebook post on my author site: http://www.facebook.com/authorscottcramer and then message me there. Twenty winners (to be selected randomly by mid August) will receive Smashwords coupons for Colony East, Book#2 of the Toucan Triology, giving you the ability to select epub, mobi, or pdf)

Colony EastGO TO STOP #15

CONTAMINATION by T.W. Piperbrook

Contamination

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Colony East: review and author interview at Underground Book Reviews

“I read Night of the Purple Moon and liked it. It was a geared more to children than I would have liked, but it was an excellently written book. Colony East is even better, dealing with some very hard issues and showing the harshness of a world gone to rot. Cramer is an excellent story teller and the prose is clean, imaginative and precise. Dialog is believable and realistic. Settings are expertly woven. This book can go page for page with those produced by Big 5 publishers, which would account for why it sits in the top twenty for its Amazon category” More

Author interview

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“Digesting the Words” reviews Colony East

Colony East picks up where Night of the Purple Moon left off to my utter joy. The climax of Night of the Purple Moon was full of so much suspense, that I really appreciate the inclusion of Abbey and Jordan’s return home in the novel. I was slightly disappointed that there were time skips in the book, but truly the situation never changes. No matter how much time passed by, our protagonists were still constantly in danger and constantly fighting for survival. The kids work hard with the resources they have, but there are no breaks in dystopia land and so we witness new obstacles being thrown at Abbey and Jordan.

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Workaday Reads on Night of the Purple Moon

The science of the story was explained quite simply, and in a believable matter. I really appreciate that it wasn’t dumbed down for younger readers. In fact, none of the story had any of the lacking that is present in many MG/young YA stories. The characters were well developed with unique personalities, and the plot had no major holes.

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